Caídas y secuelas que nos forman como ciclistas

2464
Caídas y secuelas que nos forman como ciclistas

Puestos a contar me salen entre tronco y extremidades un buen número de cicatrices debidas a caídas y otros incidentes. Cortes, quemaduras y laceraciones que han ido jalonando mi piel. No me incomodan, no me molesta tenerlas, más al contrario. Ni siquiera me tomé el trabajo de tratar de minimizarlas.

Si me dieran la oportunidad de elegir entre conservarlas o no, me las quedaría. Por ahora, la memoria todavía me alcanza para ubicar cada una de ellas, y la mayoría significa haber tomado parte, logrado y hecho cosas que no hubiera imaginado. Las veo, de alguna forma, como los tatuajes que nunca me he decidido a hacerme.
Me cuesta más lidiar las secuelas mentales de las caídas. Son mucho más traicioneras, tenaces y persuasivas. Me hacen revivir el vértigo que se siente las primeras veces que montas en bicicleta, con el mundo acelerándose a tu alrededor; la firme negativa de tu cuerpo a dejarse llevar, sujetándose tenso y angustiado al manillar como un náufrago a un madero.

Pero lo peor de todo, lo que de verdad me cuesta encajar, es la convalecencia de mis encontronazos con la ley de la gravedad. Me resisto con obstinación a asumir que me hecho daño y que tengo quedarme quieto. Me rebelo, me impaciento. Y, además, los procesos de recuperación tras las caídas me ponen frente al espejo de ese momento en el que mi cerebro demande de mi cuerpo unos recursos que han dejado de estar a su disposición por el natural paso de los años. Dudo que mi condición de negador, igual que me pasa con las caídas, me facilite este trance.

Solo me tranquiliza creer que para entonces piernas y mente irán de la mano; y que el declive físico me llegará incluso después de que me sienta un exciclista, en retirada, carente de la necesidad visceral de esprintar agarrado abajo en la disputa de unas pruebas que percibe que ya no van con él. Espero que ocurra cuando mi cabeza decida sustituir las ilusiones por los recuerdos; cuando me haga esbozar una sonrisa el sufrimiento de aquella primera etapa que pasé tiritando de principio a fin, al comprender que, al menos, me permitió disimular los nervios con la tiritona.

No hay distancia más insalvable que la que separa la cama del enfermo de su mesa de luz. Teniendo esta realidad presente, tomo en préstamo las siguientes palabras para invitaros a honrarlas mientras podamos seguir jugando: no te arrepientas de lo que no hiciste, mójate, llora, enfádate, sufre, sonríe, y date el gusto, de vez en cuando, de mandar a alguien al carajo en carrera.