Cómo reaccionamos a un accidente y a los incidentes

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Cómo reaccionamos a un accidente y a los incidentes

Nuestro redactor Isma López hace una reflexión sobre cómo nos sentimos frente a una situación de posible accidente ciclista.

Otro día más, igual que el anterior, de vuelta a la carretera.

Creo que jamás he salido con miedo, ni me he sentido intimidado por el rugido de un motor a mi espalda. Sin embargo, nunca, como aquella mañana, recuerdo haber sido tan consciente de estar ajustándome las zapatillas. Percibí todo el proceso de vestirme a cámara lenta, como en una especie de ritual. Me puse el casco, las gafas. Pero me notaba ausente, con la cabeza en otro lugar. Me subí a la bici. En ninguna otra ocasión había sentido tan vivamente el tacto de las manetas. Enganché la cala del pedal derecho; el último siempre es el izquierdo. Mi cerebro profundizaba en su fuga y mis sentidos, al contrario, buscaban reafirmarse en la realidad.

Procuro ir atento, especialmente en las zonas urbanas, fijándome en el interior de los coches, tratando de anticiparme a sus movimientos, y sin olvidarme de los peatones. A veces, me descubro concentrado de una forma casi instintiva, como en un atávico estado de alerta. Aunque, como bien sabéis, no es garantía de inmunidad.

Ciclista en la ciudad
(en la ciudad no te despistes)

Iba rodando deprisa; confieso que más ocupado en mantener la velocidad que en cualquier otra cosa. Noté un golpe en el costado izquierdo. Cuando reaccioné y levanté la cabeza el todoterreno ya estaba al menos a cien metros de mí. Por alguna razón que no alcanzo a comprender ni siquiera me desequilibró. Mientras se alejaba, pude ver el retrovisor del lado del copiloto cerrado contra la ventanilla.

No tuve tiempo de enfadarme ni de ponerme nervioso, pasó en un instante. Terminé el entrenamiento sin pensar en ello. Sería otro chascarrillo que compartir con la grupeta en uno de tantos momentos en los que nos da por quejarnos amargamente y lamernos las heridas. Hasta que llegué a casa.

Nada más cruzar el umbral empezó a sonar el teléfono. Estuve a punto de dejar caer el auricular después de oír a mi madre invitándome a comer el domingo siguiente. Apenas unos centímetros me habían concedido la bendición de responder aquella llamada.

Imagino que muchos de vosotros podréis contar alguna historia parecida a esta. Otros, por desgracia, o no pudieron contarla o lo hicieron desde el hospital. Es probable que a más de uno os haya quitado de un plumazo las ganas de practicar nuestro deporte; o que os haya costado demasiado tiempo dejar de sentiros atenazados y recuperar la confianza para poder disfrutar de un paseo. Y es compresible. A mí también pudo haberme afectado en este sentido, pero fue así. Tuve la misma reacción que tras una caída dura: necesitaba volver a verme sobre la bicicleta lo antes posible. De nuevo mi mente en su huida. Así que otro día más, igual que el anterior, de vuelta a la carretera.

Lo cierto es que, a pesar de los sustos, sigo saliendo sin temor. Tal vez soy un incauto, o será que no percibo el peligro. De todas formas, siendo sincero, reconozco que me gustaría tener la certeza de que, si no es por necedad, tampoco se debe a que me he acostumbrado.

(fuente: Isma López)